El hornero y su pico
Javier Suárez
Los ciudadanos reclaman soluciones reales, concretas y sustentables para las agobiantes necesidades cotidianas. La inseguridad campea, la salud no logra satisfacer las demandas sanitarias de la población, la educación hace que el quintil con mayores ingresos prospere y los más pobres sucumban.
En definitiva, se consolida un sistema de dádivas dirigido a los más necesitados a efectos de perpetuar su condición. No existen reservas en ocultarlo, al contrario, la capitalización de las políticas asistencialistas en votos transita una carrera de largo aliento.
Transcurren veinte años de gobierno departamental en Montevideo, siete años de gobierno nacional y el proyecto –si es que existe– no conmueve ni convence. No obstante, pese a todo, se mira la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Contrariamente a lo que indica la razón, la culpa siempre la tiene el otro: la prensa, la oposición, el capitalismo, la “herencia maldita”. Todas excusas que no logran disimular la espasmódica ineficiencia de una mayoría rodeada de la inmejorable coyuntura económica.
Mientras tanto, a modo de atónitos espectadores, seguimos contemplando como desde las butacas se la agarran con el “malo” de la película a efectos de proteger al “bueno” proyectado en el lienzo. Surrealista.
Faltan liceos y viviendas. Los CTI y las emergencias colapsan. Sin embargo, el Estado posee una presencia omnipresente –por momentos asfixiante– y, por otro lado, cual moneda con dos caras, el silencio es sepulcral.
¿Dónde está ante las necesidades de un barrio, el asentamiento o la periferia?
Claro, en espectáculos artísticos o en deficientes administraciones privadas la platea le está asegurada al garante y sponsor millonario. ¿Dónde fueron a parar los fines sociales de las empresas públicas por las que fueron creadas a principios del siglo XX? Tal vez, y sólo tal vez, la respuesta esté en aquella supremacía de lo político sobre lo jurídico. Duele. Más aún al tener proyección internacional.
Con todo, no podemos seguir con el nido de hornero cuyo pico es la única herramienta para poder construir el armazón. Pico que utiliza, además, en descalificativos y ninguneos. Podrá servirle al hornero, al país seguro que no.
